Diario de un aventurero en chinataun taun taun.

Sunday, May 07, 2006

Un viaje alucinante 1

Ya estoy de vuelta de mi pequeño periplo por el sudeste asiático, preparado para daros cuenta de mis peripecias. Como creo que hay bastante que contar, narraré el viaje en dos entregas en las que haré lo posible por describir adecuadamente algunas de las experiencias más extrañas, inquietantes, y fascinantes que haya vivido jamás.
El viaje fue idea de mi amigo G, arquitecto paisajista de treintaypocos que vivió un año en Bangkok gracias a una beca universitaria. Creo que tenía intención de ir a Tailandia de todas formas porque tiene una novia thai que vive allí, pero convenció a nuestro amigo común M, comerciante de artículos electrónicos de veintimuchos para que le acompañara, porque le pareció que le convenía pasar unos días fuera de china. Después me invitó a que fuera con ellos, y M hizo lo propio con una amiga suya, I, mujer de mediana edad que llegó a China hace diez años como profesora de francés y ha terminado trabajando en una empresa de logística. Todos franceses menos yo.
La intención era ir y volver todos juntos, pero cuando I y yo intentamos conseguir un vuelo no encontramos nada para las mismas fechas, de modo que tuvimos que adelantar dos días la ida y la vuelta.
I y yo partimos de Shenzhen en la mañana del viernes día 28 de abril en un avión de Aerolíneas Bangkok decorado con palmeras, peces, y otros coloridos motivos tropicales. Por lo que he podido comprobar, en Tailandia es costumbre adornar los medios de transporte como coches de barraca.
Durante el trayecto fue inevitable fijarse en un pasajero de unos 50, con pinta de ser alemán y de haberse bebido unas cuantas botellas de más, que hablaba a voces con todo el mundo y hacía grandes aspavientos ante cualquier incomodidad, como pasar por el detector de metales, o presentar el pasaporte en pasaporte en la ventanilla de facturación. El personaje no tiene mayor importancia por el momento, pero volveremos a encontrárnoslo más tarde.
Llegamos a Bangkok a media tarde y nos fuimos directos a Kaoshan Road, una calle (o un par de ellas, no me quedó claro) célebre por estar repleta de albergues, tenderetes, bares, discotecas, y restaurantes frecuentados por los guiris. A pesar de que no veníamos precisamente del lugar más exótico de china, se nos hizo muy extraño encontrarnos en una calle donde los occidentales eran mayoría. En uno de los muchos callejones perpendiculares que desembocan en Kaoshan, encontramos alojamiento en un albergue llamado Sawasdee (luego comprobaría que pertenece a una cadena) que a I le pareció lo suficientemente confortable, y que a mí me pareció lo suficientemente barato. Dejamos las mochilas y salimos a explorar la ciudad.
Como era algo tarde para visitar monumentos, decidimos hacer un tour por los canales de Bangkok en una embarcación con forma de góndola, pero que era más bien una lancha de carreras. Apenas se podía hablar con el estruendo del motor, y la velocidad era tal que el respaldo del banco de madera se te clavaba en los riñones con cada arrancada y había que agarrarse bien para dar las curvas. Molestias aparte, el paseo acuático mereció la pena. El anochecer es la hora propicia para el recorrido porque los templos están iluminados, al igual que los interiores de las casuchas de madera que descansan sobre el agua, auténticos cajones de sastre que más que viviendas parecen trasteros. Los niños bañándose en los diques y los pescadores remando con una pala en diminutos txintxorros completaban un paisaje cuya serenidad sólo era rota por la máquina de marear turistas en la que íbamos montados.
En el restaurante que visitamos más tarde, mi compañera de viaje cayó en una adicción compulsiva a la sopa de gambas tailandesa, tom yun goong, una especialidad gastronómica del país que degustó tres, e incluso cuatro, veces al día en lo que estuvimos en Tailandia. La receta es fácil de encontrar en internet, pero por lo que tengo entendido la poción mágica lleva gambas, cabezas y caparazones de las mismas, limón, jengibre, chile, cilantro, setas, y otras especias y yerbas aromáticas. No es que me disgustara, pero la encontré demasiado intensa para tomarla a diario como desayuno, almuerzo, merienda y cena. Algo que le tuve que dejar claro a la francesa, muy dada a la costumbre china de compartir los platos.
De camino al Sawasdee, entramos en un pequeño bar donde una banda liderada por una blueswoman tailandesa, tatuada y bien entrada en carnes, nos dedicó un recital animadísimo. Como profano en la materia, sólo puedo decir que a la mujer no le faltaba actitud (creo que no la vi ni un segundo sin un cigarro en la mano, ni hacer una pausa sin tragarse un lingotazo de whisky).
A la mañana siguiente nos pusimos en marcha hacia Ayutthaya, la ciudad que fue capital de Tailandia hasta que fue arrasada por los birmanos a finales del siglo XVIII.
Tengo que admitir que puede que se nos hubiera hecho muy difícil llegar hasta la terminal de autobuses de Mho Chit de no ser por la ayuda de un mochilero ruso que nos acompañó en los dos autobuses y el “aerorrail” que es necesario tomar para llegar a la misma si uno desea ahorrarse el taxi. A pesar de mi gratitud, no me acabo de creer que aquel tipo, apenas mayor que yo en apariencia, fuera un ex-escalador del ejército ruso veterano de Irak, Chechenia, Afganistán y algún otro país acabado en “istán”, pero I quedó tan encandilada que se pasó el resto de los días cantando excelencias de los eslavos.
En Mho Chit nos despedimos de nuestro colega ruso que iba camino de Camboya (a ofrecer sus servicios como soldado de fortuna, supongo), y cogimos el bus a Ayutthaya, donde nos alojaríamos, hora y pico más tarde, en el Sherwood Guesthouse, un albergue que le había sido recomendado a I por otro de sus amigos rusos, y que contaba con una pequeña piscina. Allí alquilamos unas bicis y nos fuimos de ruta por los templos.
Nos limitamos a visitar cinco templos o “wats” dentro de la isla que constituye el centro de la ciudad. Estos wats son espectaculares conjuntos de ruinas de ladrillo rojo y yeso ennegrecido, que datan de entre los siglos XIII y XV, cercados por murallas y caracterizados por unas estructuras piramidales llamadas “prang” y otras con forma de campana llamadas “chedis”. Dispuestos simétricamente alrededor de éstos, hay salas, patios, y esculturas de buda, decapitadas en su mayoría por saqueadores sin escrúpulos.
El visitante se mueve a sus anchas porque los turistas andan muy desperdigados y apenas se ven guardas, pero da reparo ver los grandes relieves de los hombres pájaro (garudas) sujetando serpientes (nagas), o los bajorrelieves con multitud de grecas y motivos decorativos, tan al alcance de cualquier cafre que quiera llevarse un trozo de piedra. La única vez que un guarda se dirigió a nosotros fue al sacarnos una foto ante una cabeza de buda esculpida en las raíces de un árbol, porque debíamos rezar una oración y ponernos de cuclillas para no sobrepasar su altura.
Después de cenar en la terraza e un chiringuito muy agradable que descubrí junto a un estanque al seguir en bici a un lugareño, volvimos al Sherwood para darnos un baño nocturno en la piscina.
El domingo por la mañana, volvimos a Bangkok y visitamos el mercado que se abre los fines de semana junto a la terminal de Mho Chit. Un mercado tan inmenso y variado que hace que el rastro de Madrid parezca los gitanos de Lekeitio. Intentamos no entretenernos demasiado porque andábamos con las mochilas a cuestas, pero fue inevitable dejarnos enredar una buena hora, hora y media, inspeccionando los tenderetes y regateando de vez en cuando (sobre todo I, que es capaz de tirarse media hora discutiendo con el vendedor para luego no comprar nada).
Tras dejar las cosas en el Sawasdee visitamos el Grand Palace, o Palacio Real, y el templo contiguo, el Wat Pho, donde las mismas estructuras arquitectónicas vistas en Ayutthaya lucen en todo su esplendor. Esta vez toda piedra que no sea mármol permanece oculta bajo el yeso impoluto, los muros a resguardo de la lluvia están pintados con frescos que reproducen episodios del Ramayana, los chedis son dorados, y los prang están cubiertos de pequeños azulejos y espejos de colores. Sin embargo, entiendo perfectamente que muchos prefieran la sobriedad de las ruinas de Ayutthaya.
En el Wat Pho visitamos la colosal estatua dorada del buda yaciente, cuya planta del pié mide unos dos metros de ancho, mientras hacíamos tiempo para que nos llegará el turno de entrar en la escuela de masaje tailandés del templo.
El interior de la casa de masajes recordaba un poco al típico hospital de guerra de película antigua, con ventiladores en el techo y las camas dispuestas en paralelo al pasillo central. Me hicieron despojarme de mi camiseta y ponerme unos pantalones pirata de color azul tamaño Fatty Arbuckle, que la masajista me ató con un nudo por encima del ombligo cuando salí del vestuario sujetándomelos con las manos.
Nunca había recibido un masaje profesional, pero había oído eso de que para que el masaje sea bueno tiene que doler. Si eso es así, creo que recibí uno de primera categoría. Además de sus fuertes manos, la mujer hacía uso de las rodillas y los codos para presionar, separar, estirar y retorcer mis músculos. La sensación de que una persona te mueva de un lado a otro y manipule tus extremidades como si fueras un muñeco de trapo, tirando, incluso, de los dedos de los pies hasta que hacen crack, o presionando los oídos con los dedos índices, es muy extraña y no del todo desagradable, pero hubo momentos en los que me costó permanecer relajado. “¿Duele?”, me preguntó. “En absoluto”, respondí tan convincente como pude.
Salimos del masaje meneando la cabeza para comprobar si seguía bien sujeta a los hombros, y fuimos andando hacia Kaoshan rechazando las ofertas de los conductores de tuk-tuk (unos motocarros que funcionan como taxis). Creo que tuve una epifanía al atravesar una amplia plaza donde una multitud de niños y adultos hacían volar sus cometas al atardecer. Las había de todas formas y colores, pero el diseño favorito era el emblema de Batman.
Cerca ya de Kaoshan, I me arrastró a una peluquería. Me había estado todo el fin de semana intentando persuadir para que me cortara el pelo con el poderoso argumento de que tal y como lo tenía (largo, pero no lo suficiente para ser guay) me hacía parecer una señora mayor. Yo me resistía a traicionar a mi barbero de Fernández del Campo, pero con el sudor el pelo empezaba a ser una molestia, y terminé dejándome llevar a la “pelu” para que me esquilaran y a la señora le hicieran la manicura y un masaje capilar.
Como teníamos que ponernos en contacto con los otros compañeros de viaje, recién llegados según nuestros cálculos, llamamos a la novia de G desde el móvil de uno de los peluqueros, afeminado hasta la caricatura, y quedamos en el restaurante en el que estaban cenando.
El peluquero salió corriendo dando saltitos bajo la lluvia para parar un tuk-tuk y darle las indicaciones al conductor. Esto es sólo una muestra de lo buenos que fueron los tailandeses con nosotros. La pegatina de “we love farang” (queremos a los extranjeros) que muestran algunos comercios no es ninguna broma. Un proceder que no siempre es correspondido, a juzgar por un letrero que vi en la puerta de un albergue prohibiendo la entrada a los tailandeses.
Al llegar al punto de encuentro, no vimos a nuestros amigos por ninguna parte, de modo que decidí llamar a la novia de G desde una cabina. Para mi sorpresa, I empezó a hacerse la sueca y a cambiar de tema cuando le pedí el número de teléfono. Insistí hasta que me lo enseñó, pero la cabina no funcionaba y tuve que buscar otra. I se quedaba atrás quejándose de que tenía hambre y haciendo comentarios como cuánto de gustaba tal o cual edificio. La situación se puso muy tensa y algo cómica cuando I dijo que debíamos buscarnos un restaurante porque las cabinas (todas ellas) no funcionaban. No entendía nada, pero estaba claro que I no quería ver a G ni en pintura. Yo respondí, bastante airado, que no sabía ni quería saber cual era su problema con G, pero que hiciera el favor de dejarme encontrar a mi amigo en lugar de intentar distraerme. Finalmente di con una cabina en perfecto estado y pude llamar a G, que salió del restaurante a nuestro encuentro.
Cenamos todos juntos y fuimos a dar un paseo por un pequeño parque junto al río. G e I hablaron un rato al margen del resto hasta que parecieron haber resuelto sus diferencias. Después nos fuimos de copas por la ciudad con un lugareño amigo de G, pero no hasta muy tarde, porque al día siguiente teníamos que ir a Camboya.

6 Comments:

Anonymous Oshaba said...

Que alivio saber que has vuelto, Martín. Me tenías preocupado.
En la primera parte no has matado vacas, espero que tampoco en la segunda. Lo de I con G tiene su punto.

A la espera de la segunda entrega.
Ya he conseguido la trompeta, no hace falta que la busques.

Un abrazo fuerte

9:56 PM

 
Anonymous Patrón colérico said...

I queria liarse contigo, Martin, q hay q explicartelo todo. Si, si, ya se q era mayor, pero con estas francesas nunca sabes...
Espero con curiosidad la segunda parte para saber si finalmente sucumbiste a sus "encantos"....

10:20 PM

 
Anonymous kado said...

Os vais a llevar una sorpresa....
Fotos, fotos, fotos.

3:05 PM

 
Anonymous adicta said...

Fantastico el relato ,no se si voy a poder aguantar la tensión y el suspense hasta la proxima entrega.Me ha impactado el masaje.Mosu bat

3:16 PM

 
Anonymous Anonymous said...

A ver cuando empieza la segunda parte

4:39 PM

 
Blogger El Satis said...

?No habia cinopitecos? ?Que escuchaban canciones de los pecos? Martin, joder, que va a degenerar no la calidad de tus relatos, sino la poetica del planeta de los simios que estaban desarrollando los contertulianos!

10:24 AM

 

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