Yunnan 1: Lijiang y la garganta del salto del tigre
Mi primer contacto con la gastronomía local consistió en una sopa de fideos con ternera, salada como agua de mar, de mar muerto. Las futuras comidas durante el viaje revelarían que el amor apasionado por la sal es algo que caracteriza a la cocina de Yunnan, o al menos de su mitad norte.
Éste fue uno de los escasos recuerdos que me llevé de Kunming, ya que a primera hora del día siguiente cogimos el bus para Lijiang. En este viaje hemos hecho muchas horas de autobús, un problema que seguramente hubiéramos podido paliar de haber preparado el itinerario con más cuidado. Por ejemplo, si nos hubiéramos dado algo más de prisa en comprar los billetes de avión, habríamos podido volar directamente a Lijiang, ahorrándonos las ocho horas de bus desde Kunming (mas dos de espera hasta que el bus se llenara y saliera). De lo malo, pudimos familiarizarnos con el paisaje de la zona y visitar un par de restops provistos de unos inmensos almacenes donde se vendían piezas de mármol y jade de todos los tamaños. Me pregunto qué clase de turista compra una vasija de mármol de dos metros de altura en un almacén en medio de ninguna parte.
Llegamos a Lijiang caída la noche. Ibon y los amigos de Bilbao habían llegado allí horas antes y nos habían reservado una habitación en el albergue donde estaban alojados, prueba de la pobre labor de anfitriones que hicimos los expatriados, bastante a remolque de los visitantes.
Ibon es el primer amigo que ha venido a visitarme a China. Se hace raro encontrarse con un colega de casa en un contexto tan diferente. Lo ves pero no te lo acabas de creer. Cuando el lugar y la persona pegan tan poco en tu cabeza, hay momentos en los que lo uno anula la verosimilitud de lo otro. ¿Es ése Ibon? Y si lo es, ¿dónde narices estoy, en Lijiang o en Lekeitio? Mira que le he visto en toda clase de situaciones, pero topármelo andando en bici por una oscura callejuela del barrio viejo de Lijiang es con mucho la más rara.
Después de comprarme una mochila nueva y cenar en una de esas terrazas tan apetecibles regresamos al Pamba Guesthouse, el albergue que sería nuestro centro de operaciones durante todo el viaje, y nos acostamos temprano para madrugar al día siguiente, el primer día en la garganta.
La garganta del salto del tigre, Hu Tiao Xia, es uno de los parajes naturales más espectaculares de China, así como una de las gargantas más profundas del mundo. En los 16 kilómetros por los que el río Yangzi recorre el minúsculo estrecho entre la cordillera del dragón de jade, Yulong Xueshan, y la montaña Haba, la distancia entre el agua y las níveas cumbres de las montañas llega a los 3900 metros de pared casi vertical. La distancia entre ambas laderas se reduce a los 25 metros en su punto más estrecho, que es de donde se dice que el tigre saltó de un monte a otro para escapar del tenaz cazador que se partió la crisma intentando imitarlo. Y el que quiera saber más que consulte la Wikipedia.
Llegamos a Qiaotou, el punto de partida del recorrido, un par de horas más tarde. El mosqueo por el retraso se nos pasó según nos acercamos al lugar y pudimos ver mejor los picos nevados de las montañas del dragón de jade.
En este momento, la voz en off del narrador de “Al filo de lo imposible” hablaría de los profundos sentimientos que nos embargaban, de la naturaleza indomable de las montañas y del espíritu inquebrantable de los exploradores. A mí se me escapa esta retórica y tampoco es que domine la jerga montañera, así que espero que disculpéis la falta de lirismo y las posibles inexactitudes.
Al contrario de lo que me habían anunciado, los naxi no me resultaron particularmente amistosos u hospitalarios. Por lo menos en la garganta, algunos parecían ofenderse bastante si uno no aceptaba lo que le ofrecían, y, al cobrar peaje en algunos tramos de cuyo mantenimiento se encargaban, su actitud era algo chulesca y antipática. Al dueño de un puestecito de bebidas donde me paré casi al final de las 28 curvas, por ejemplo, no le debió hacer ninguna gracia que yo me hubiera traído mi propia agua, porque, una vez me preguntó de dónde era, me empezó a decir que España era un país minúsculo, que la gente de allí no era buena, que las mujeres no eran guapas, y alguna otra gracia que no le entendí, pero que sus amigos y una mochilera americana (que espero que no se estuviera enterando de lo que pasaba) le rieron a gusto. Mi chino no da para réplicas ingeniosas, así que me limité a sonreír y a decir un par de cosas feas de él y de su familia en el idioma de Cervantes. Aaron, que había llegado al de poco de estar yo allí pero debía estar a otra cosa, me propuso seguir adelante, y allí dejamos al tendero y sus amigos.
Gracias a dios, las 28 curvas, que según mi percepción podían haber sido 56 u 84, terminaron apenas diez metros más arriba, y de repente el camino empezó a ir hacia abajo por un sendero boscoso. Al de poco nos alcanzó Marc, y algo más tarde nos llamó Ibón desde el siguiente albergue, el Tea Horse Guesthose, donde nos habían vuelto a reservar las habitaciones. Aunque el sol nos había acompañado durante todo el camino, tuvimos que apresurarnos bastante en el último tramo para que no nos pillara la tormenta, que advertía de su inminencia con unos truenos ensordecedores.
Estoy seguro de que mis miedos influyeron bastante en mi percepción, pero había tramos francamente peligrosos, en los que el camino se estrechaba hasta algo menos de un metro, tramos en los que parecía no haber una superficie firme y las rocas rodaban a nuestros pies. Yo seguía adelante con la mirada fija en el siguiente paso mientras tarareaba canciones que me hicieran pensar en otra cosa. Pedro e Ibon sacaban fotos y se maravillaban con el paisaje. En cierto momento, oímos una explosión que atribuimos a posibles obras en los senderos, ya que buena parte del camino estaba escavado en la pared rocosa.
Aquella fue nuestra última noche en la garganta, pero todavía quedaba mucho por ver en Yunnan.