Diario de un aventurero en chinataun taun taun.

Monday, May 29, 2006

La velocidad de Shenzhen

Estoy seguro de que, cuando regrese a Bilbao, la ciudad que me encuentre ya no será la misma que dejé seis meses antes. Puede que el bar Plata de la calle Egaña haya terminado cerrando, privando al visitante de la oportunidad de preguntarse qué es esa sustancia herrumbrosa que recubre los botellines de cerveza, y lo hayan convertido en un garito de kebabs, o puede que los garitos de kebabs se hayan reconvertido en bazares, badulaques y restaurantes chinos. Quién sabe, por poder puede que incluso hayan terminado las obras de la Alhóndiga. “Sí claro” dirá alguno “y lo mismo inauguran una línea de metro Abando-Eskolape o abren un Corte Inglés en la calle San Francisco”. Ahorraros los sarcasmos, lo de la Alhóndiga no era más que una hipérbole, ¿vale?
Lo que vengo a decir es que experimenté algo parecido cuando volví a Shenzhen después de pasar la semana de vacaciones fuera.
El primer cambio que advertí fue que el edificio de oficinas que hay frente a mi casa había sido vaciado de arriba abajo, y habían empezado a cubrir la fachada con andamios de bambú. La gramínea con la que se identifican los chinos por su flexibilidad y resistencia es habitualmente utilizada de este modo, e impresiona ver edificios de decenas de plantas cubiertos con esos armazones leñosos. Una vez terminados parecen bastante sólidos, pero cuando están en fase de construcción hacen pensar en estratosféricos índices de siniestralidad laboral.
Salí de casa y me dirigí a la tienda de DVDs para distraerme de mis divagaciones sobre la inexorabilidad del cambio, pero mi tienda favorita se había transformado en una pastelería.
Hay muchas tiendas de DVDs, pero no en todas se pueden encontrar DVDs de los muy baratos, de esos que el dependiente mantiene ocultos en cajas detrás de mostrador, y cuya calidad es, en no pocas ocasiones, ínfima. Pero qué demonios, por setenta céntimos de euro merece la pena arriesgarse a que la película esté doblada al alemán, los subtítulos pertenezcan a otra peli, la imagen sea oscura, y el sonido sea casi inaudible. En ocho de cada diez ocasiones funcionan a la perfección, sobre todo si no compras las más recientes.
Desesperadamente necesitado de entretenimiento escapista, cogí el metro a Dongmen (“puerta este”), un área comercial donde uno puede encontrar de todo siempre que esté dispuesto a acometer una intrépida y perseverante búsqueda por sus intrincadas galerías. Conocía una tienda bien surtida en el tercer piso de uno de los centros comerciales, discretamente ubicada a la vuelta de un pasillo de locales semivacíos. Casi me dejo caer al suelo de rodillas cuando descubrí que la tienda había desaparecido y que, donde había estanterías y estanterías repletas de películas, documentales, y series de televisión de toda época y condición, ahora no había más que polvo.
Admitida mi derrota, me acerqué a una de las tiendas “convencionales”, donde los DVDs tampoco es que sean prohibitivos (alrededor de los dos euros), pero donde la variedad de la oferta es mucho más limitada. Mientras ojeaba la carátula de un telefilme de gladiadoras en bikini de cota de malla (género cinematográfico muy divulgado en estas latitudes), se me acercó un dependiente a preguntarme si estaba interesado en la adquisición de DVDs de los muy baratos. Asentí con fingida indiferencia. Según el dependiente, la tienda del tercer piso se había trasladado al “otro” tercer piso, y, visto que no tenía la menor idea de lo que me quería decir con eso, encargó a un compañero que me guiara. Seguí al chaval a través de una salida de emergencia y subimos por la angosta escalera de un edificio de viviendas anejo al centro comercial hasta llegar al “otro” tercer piso, donde una amable portera me invitó a pasar a la vivienda que habían acondicionado como tienda. Me hice con siete películas y la primera temporada de Murder One (una teleserie de abogados muy entretenida) por tan sólo diez euros y volví a casa tan rápido que tuve que derrapar para no estrellarme contra la puerta.
Así es esta ciudad. Si ves algo que te gusta cómpralo o hazte a la idea de que mañana no estará allí. Supongo que es en parte a esto a lo que la gente se refiere al hablar de la velocidad de Shenzhen, concepto también aplicable a las relaciones personales.
La gente aparece y desaparece de un día para otro. Algunos se marchan y con otros simplemente se pierde el contacto. Todo el mundo, excepto algún despistado como yo y algún mendigo, tiene tarjetas de visita para que te acuerdes de ellos, lo cual es poco menos que inútil cuando en menos de un mes ya tienes un cajón repleto de ellas, y en particular si caen en manos de un individuo con mi memoria fotográfica para las caras y los nombres. Por otro lado, no importa que la gente te diga que está aquí para quedarse, porque a la semana siguiente te dicen que se van a trabajar a otra parte. En el próximo mes, cuatro de mis mejores amigos se esfumarán de esta manera y quién sabe si les volveré a ver el pelo. A nadie le gustan las despedidas y no se si es posible o deseable acostumbrarse a ellas, pero en Bilbao tampoco estaba a salvo del cambio. Estar aquí sólo me hace algo más consciente de ello. Además, mutatis mutandis, siempre consigo encontrar nuevas tiendas de DVDs.

Sunday, May 21, 2006

Fotos alucinantes

A continuación os presento las fotografías del viaje descrito en las dos entregas anteriores.
La blueswoman tailandesa de la primera noche en Bangkok
Wat Ratchaburana, en Ayutthaya
Cabeza de buda tallada en la raiz de un árbol, en Ayutthaya
Wat Pho, Bangkok
Grand Palace, Bangkok
Yo con G e I, poco antes de que dejaran de hablarse
Vertiendo gasolina con un "Alain Delon" en la boca
Estación de servicio
Bayon Wat, en Angkor
Una de las características torres del templo
Los terroríficos árboles de Ta Prohm


"Barandilla" khmer
Más árboles de pesadilla en Preah Khan

Angkor Wat
M "escalando"en Angkor Wat
Nuestro amigo Votha
Vista desde lo alto de Phnom Bakheng, cuando no había nadie
Media hora después
Marea humana al asalto de Phnom Bakeng
El pick-up del que me cambié durante el atasco

Y esto es lo que hay. Más China en próximas entregas.

Friday, May 12, 2006

Un viaje alucinante 2

A primera hora del lunes emprendimos la marcha hacia la frontera con Camboya, en Poipet. El trayecto en autobús duró unas cuatro horas durante las cuales dormimos, comimos brochetas de carne y mangos, e hicimos lo posible por entender lo que pasaba en una comedia romántica protagonizada por Petchai Wongkamlao, un actor cómico muy feo que descubrí hace años en una película de culto llamada Killer Tatoo, y que sale en todas las pelis tailandesas que he visto desde entonces.
Nuestra intención era cruzar la frontera y coger uno de los muchos pick-ups (camionetas con la parte trasera descubierta, al estilo americano, que funcionan como autobuses) para llegar a Siem Reap, ciudad contigua a los templos de Angkor. G había experimentado la aventura un año antes y nos había transmitido su entusiasmo a mí y a M, mientras que I parecía tomárselo con resignación, a pesar de que de vez en cuando trataba de asustarnos hablando de minas antipersona sin desactivar y grupos rebeldes de khmeres rojos acechando en la jungla.
En el mercado del lado tailandés de la frontera nos pertrechamos de “kramas” (pañuelos camboyanos semejantes a los palestinos, pero con más colorido) para el polvo y sombreros para el sol. Inmediatamente después de tramitar los visados, y en la misma oficina aduanera donde nos sellaban los pasaportes, I hizo contacto con un nativo que nos informó de que la forma más segura de llegar a Siem Reap era tomar el autobús turístico. A pesar de que I no lo aprobaba, rechazamos amablemente la oferta y salimos a Poipet. De repente nos encontramos en medio de una carretera de tierra que de perdía en la distancia a través de una interminable sucesión de chavolas, hostales y casinos de mala muerte. La calle estaba alfombrada de inmundicia, y cada una de los cientos de motos que la transitaban levantaba una nube de polvo irrespirable. Motos por todas partes. A cada diez metros había un grupo de moteros enmascarados esperando a arremolinarse entorno al primer turista que vieran, y ofrecerse a llevarlo a donde hiciera falta (bus station, hotel, casino, smoke, bun-bun…).
Ni qué decir tiene que I se volvió más insistente respecto al autobús, e incluso empezó a amenazar con tomarlo ella sola. Nadie dijo “vale, hazlo”, pero yo no pensé otra cosa.
Cuando G comenzó a negociar la tarifa del primer pick-up que encontramos, el tipo de la aduana se acercó en moto con un amigo. Mientras uno nos insistía en la conveniencia de coger el autobús, el otro habló con el conductor, que se apresuró a abandonar el lugar.
Seguimos caminando para ver si dábamos esquinazo a aquel par de plastas, pero cada vez que dábamos con un pick-up la situación se repetía idénticamente.
I se volvió manifiestamente hostil hacia el resto, en especial hacia G. Perjuraba y se lamentaba, en su propio idioma y en el de Shakespeare (supongo que para que le entendiera bien), del inmenso error que había cometido al rodearse de tres de los típicos turistas que pretenden estúpidamente no serlo. Puedo entender el pánico de I, a mí aquel sitio también me daba malas vibraciones, pero ella sabía cual era el plan cuando se apuntó al viaje, y nada le impedía coger el autobús si le apetecía. Por si fuera poco, cada vez que los plastas de la moto se nos acercaban, I se ponía a hablar con ellos en lugar de ignorarlos, lo cual era prácticamente una invitación a que nos siguieran.
Tras una tensa discusión durante la que me alegré de no saber francés, decidimos poner en práctica una estratagema según la cual yo, G e I, nos quedaríamos quietos junto a un pick-up, mientras que M retrocedía para conseguir otro pick-up que nos esperara más adelante. La cosa parecía que iba a funcionar, pero, yendo hacia el otro pick-up, I se quedaba constantemente rezagada, y cuando los plastas reaparecieron volvió a hablar con ellos, arrastrándolos con nosotros. “No vais a encontrar ningún pick up que os lleve” nos dijo el muy canalla. “Sobre todo si vosotros habláis antes con ellos” respondió G. El motero plasta se rió con descaro y volvió da darse un paseo.
Visto que era imposible ganar con uno del equipo jugando en contra, terminamos cogiendo un taxi, sólo por no obedecer al mafioso de los autobuses.
Dentro del taxi (un Toyota que debía ser de algún color oscuro debajo de todo ese polvo rojo, con una manilla rota y una brecha en el parabrisas) el ambiente no era muy distendido. G respondía poco a poco a los intentos que hacíamos M y yo por entablar conversación, pero I apenas dijo “mu” en todo el viaje, acurrucada en el asiento delantero.
Interesante la parada en la gasolinera, una chavola provista de botellas y bidones de gasolina. El conductor se fumó el Alain Delon (marca de cigarrillos inexistente en el país de origen del actor) que le ofreció G mientras vertía el combustible en el depósito por medio de un embudo.
Aproximadamente la mitad del trayecto transcurrió por una carretera parcialmente asfaltada y llena de boquetes que el conductor trataba de esquivar con mayor o menor fortuna. Después sólo hubo tierra y oscuridad total. 160 km en cinco horas que nos sirvieron para hacernos una idea de la fisonomía de la zona. No vimos más carretera que la nuestra, ni otro núcleo urbanizado que Sisophon, prácticamente tan grande como Aulestia. El paisaje es más plano que en los Países Bajos, con algunos árboles, campos y más campos, y algunos riachuelos que salvamos a través de unos estrechos puentes parcheados con planchas no muy bien sujetas. Los rebaños de vacas y de búfalos raquíticos se cruzaban a menudo por la carretera, que se volvía invisible cada vez que circulábamos tras la estela de polvo y humo de los camiones. I salió un momento del trance para decir “!y queríais hacer ESTO en pick-up!”.
Llegamos a Siem Reap a las nueve de la noche, y nos alojamos en el segundo albergue que miramos, el “Sunrise”. El establecimiento no es nada del otro mundo, pero es barato, los propietarios son encantadores, y encima tiene una terraza fantástica en el primer piso.
Durante la cena quedó claro que las diferencias entre G e I eran insalvables, y de ahí en adelante no volvieron a dirigirse la palabra, aunque es justo decir que a G a penas volvimos a verle el pelo (al día siguiente alquiló una bici y se fue a visitar a un anciano guía camboyano del que se hizo amigo en su anterior visita al país).
El resto contratamos a un conductor de tuk-tuk llamado Votha que nos llevó por los templos los siguientes días.
Me cayó bien Votha. Algo chaparro pero con buena planta (lo primero que hacía al parar en cualquier parte era mojarse el pelo hacia atrás), también trabajaba por las noches en el restaurante tailandés que había frente al albergue. Había estudiado inglés en el instituto, pero estoy seguro de que lo había perfeccionado por otros medios o el resto de los países harían bien en imitar el sistema educativo camboyano, y planeaba ir a la universidad a estudiar para guía licenciado. Daba la impresión de ser bastante popular porque se conocía a todo el mundo, lumpen o no lumpen, y presumía de tener tres novias, aspecto que no puedo confirmar ni desmentir. De lo que no me cabe duda es de que, de habérselo pedido, nos hubiera sabido llevar a la granja donde disparan cohetes contra las vacas.
El conjunto monumental de Angkor consta de alrededor de cien templos construidos entre los siglos IX y XV por reyes con nombres como Jayavarman, Indravarman, o Udayadityavarman, repartidos sobre una superficie de unos 300 KM2. Por supuesto, no faltan expertos que sostienen que la disposición de los templos se corresponde con la de las estrellas de no se qué constelación, prueba irrefutable de la prodigiosa sofisticación de la civilización Khmer. Uno se toma estas cosas con bastante escepticismo y rechifla cuando se refieren a las ruinas megalíticas de Stonehenge, o el dolmen de Formigueiro, pero no me reiría de quien dijera tener pruebas de la implicación de visitantes de Alfa Centauro en el levantamiento de estos templos.
Sin embargo, como soy un descreído, lo primero que pensé al atravesar una de las puertas de la muralla de Angkor Thom fue que aquello no podía ser de verdad, aquello lo tenían que haber construido los americanos para sangrar a los turistas. De hecho, lo primero que hice al bajar del tuk-tuk fue cerciorarme de que el templo de Bayon no era de cartón piedra.
Éste fue el primer templo que visitamos, y, por lo tanto, el que más viva impresión me dejó. Un templo de piedra gris clara con abundantes torres que recordaban ligeramente a los “prang” tailandeses, pero con cuatro grandes caras esculpidas mirando a cada uno de los puntos cardinales. Paseando distraídamente por uno de los patios, M y yo fuimos captados por una anciana con pinta de bruja a la que seguimos hasta una pequeña capilla. Allí nos dio unas varas de incienso que debíamos sujetar entre las palmas de las manos, arrodillados ante una estatua de Buda, mientras repetíamos una oración que, si no recuerdo mal, era algo así: “for papá, for mamá, for khommmm…”. Dimos un dólar por cabeza como donativo y salimos de la sala temerosos de haber cometido algún error en la liturgia que nos chafara el karma.
También fue en este templo donde tuvimos el primer contacto con las típicas escaleras Khmer, de las que os hablaré cuando lleguemos a Angkor Wat. Sólo decir que el equipo japonés encargado de restaurar el templo demostró tener muy buen juicio al superponer una escalera metálica convencional en uno de los lados.
Visitamos unos cinco templos aquel día, entre los que destacaré el de Ta Prom., el favorito de M e I, un precioso templo de piedra oscura cubierta de musgo, entre cuyas rendijas se han abierto paso unos árboles mastodónticos que dejan caer sus raíces sobre los tejados.
Al igual que en Tailandia, aquí también hay “garudas” y “nagas”, pero hay otros motivos no menos espectaculares que se repiten más a menudo. Uno son las torres de cuatro caras, y otro son las “barandillas” de los pasos elevados que cruzan los fosos que rodean los muros de los templos. Las barandillas no son otra cosa que hileras de estatuas de hombres haciendo sokatira con una gruesa serpiente. Esperad a ver la foto.
Como lectores aplicados de la Lonely Planet, dejamos la visita a Angkor Wat, el templo más célebre y espectacular (su imagen aparece en el centro de la bandera de Camboya), para el final. El motivo es que su fachada principal da al oeste, así que se ve mejor al atardecer.
Entre la entrada exterior y el templo propiamente dicho, atravesamos una pasarela de varios cientos de metros, y caí en la cuenta de que todos los turistas, todos menos los que tenían el pelo largo por lo menos, tenían la nuca del color del chile tailandés. Yo tampoco me había librado, aunque gracias al sombrero que compré en Poipet había salvado la mayor parte del cuello.
El templo tiene bien ganada su fama, y seguramente sea el más grande y hermoso de todos, pero tal vez sea esto lo que hace que muchos se encariñen más con otros templos menos inabarcables.
Recorrimos algunos de los patios exteriores y llegamos a la parte central del complejo, un templo dentro del templo subido en una inmensa estructura trapezoidal al que se sube por medio de las impracticables escaleras khmer. Inversamente a la tendencia arquitectónica contemporánea impuesta por Frank Gehry en su escalinata del Guggenheim, los antiguos khmer gustaban de hacer los escalones el doble de estrechos y altos de lo aconsejable, de modo que cuando uno está en lo alto apenas puede ver por donde ha subido. Algún ingeniero japonés debió de dar con la idea de colocar una varilla de hierro que sirviera de pasamanos en uno de los lados, pero, lamentablemente, las colas que se forman para hacer uso de dicha barandilla obligan a muchos visitantes a jugarse el pellejo bajando por los otros lados. Es por esto que, según Votha, no pasa un año sin que alguno se escalabre. La última víctima del Angkor Wat fue un guía coreano que cayó desde lo alto rompiéndose las dos piernas y el cráneo.
De vuelta en el Sunrise, nos tomamos unas cervezas Angkor en la terraza mientras observábamos a los lagartos, dos de ellos de medio metro, darse un festín de moscas y mosquitos junto al fluorescente de la pared. Allí conocimos a Nino, un osado mochilero alemán que había llegado de Poipet en pick-up. Su descripción de la experiencia no animaba a imitarle (tormenta en el camino, coches atascados en lodazales…). M e I tenían claro que no iban a seguir sus pasos (ya habían decidido regresar a Bangkok en avión), mientras que yo estaba indeciso. Cuando G volvió de estar con su compadre camboyano, me dijo que volvería en pick-up, pero que no sabía exactamente a qué hora, porque pasaría la noche del miércoles al jueves en casa del anciano. Yo quería asegurarme de llegar a Bangkok a tiempo para descansar un poco y coger el vuelo a Shenzhen a las siete de la mañana del viernes, así que convinimos en que le esperaría hasta las ocho y luego volvería a Bangkok por mis propios medios.
Cenamos sopa tom yum goong y unos rollos de primavera fríos envueltos con pasta de arroz, una especialidad culinaria que los camboyanos comparten con sus vecinos vietnamitas, y salí con Nino y M a explorar la vida nocturna de Siem Reap.
Siem Reap es la tercera ciudad de Camboya, pero no tiene gran cosa que ver aparte de hoteles de lujo, algunos edificios oficiales, y un montón de albergues. Por la noche la oscuridad es casi absoluta y sólo se oyen los ladridos y los aullidos de las manadas de perros callejeros, aparte del perpetuo cri-cri de los grillos. Estuvimos en un par de bares algo desangelados y terminamos yendo al Martini, una discoteca que llamó nuestra atención por su iluminación navideña. Mientras estábamos sentados en una mesa se me acercó una chica y me preguntó si quería bailar. Acepté gustoso la invitación, pero cuando me dijo que no lo haría con ella sino con otra de las chicas del local, me volví a sentar. Nos fuimos cuando pusieron la de la gasolina.
El miércoles Votha nos llevó a ver más templos. Junto a cada templo siempre hay una serie de tenderetes y chiringuitos donde se refugian los conductores de tuk-tuk para tomar el fresco en las hamacas, mientras los turistas se achicharran bajo el sol, constantemente acosados por niños que intentan venderles refrescos, flautas de bambú, guías turísticas, pañuelos, camisetas con la señal de peligro por campo de minas… Además de a los templos, Votha nos llevó a unas chozas donde extraían azúcar a partir de un fruto de palmera con forma de espiga. La técnica consistía en cocer la sustancia gelatinosa del interior del fruto en una gran palangana metálica que colocaban sobre una hoguera encendida en el interior de un tronco hueco. En la palangana habían grabado una elipse con un murciélago en su interior. Después del viaje, viendo El puente sobre el río Kwai, deduje que esta fijación con los roedores voladores bien podía deberse a las bandadas de murciélagos gigantes que pueblan las selvas de Tailandia y Camboya
M, notable alpinista forjado en las más inaccesibles paredes y cumbres de los Alpes suizos, les cogió gran afición a las escaleras khmer e instaba a Votha a que parara ante cualquier templo de forma piramidal. Fue así como nos detuvimos ante un empinadísimo camino de tierra flanqueado por dos leones de piedra. Tras una ardua subida, llegamos a una planicie en cuyo centro se alzaba un templo de impresionantes dimensiones que M se apresuró a coronar, poseído por los espíritus de los antiguos khmer. Yo le seguí aferrándome a los escalones cual karramarro, e I hizo lo mismo cuando hubo recuperado el aliento, un cuarto de hora después.
La vista desde la cima era espectacular. El templo de Angkor se veía al sudeste como si fuera una maqueta diminuta, y, dada la falta de relieve del paisaje, la extensión de bosques, campos y lagos se perdía en el horizonte miraras a donde miraras. Como sólo había unas diez personas además de nosotros, felicitamos a M por haber dado con uno de los tesoros ocultos de Angkor. Desgraciadamente, según atardecía empezó a llegar más gente, de forma moderada, al principio, y mutitudinaria, después. Lejos de ser el paraje ignoto que creíamos haber descubierto, Phom Bakeng resultó ser el lugar donde va todo el mundo para contemplar el ocaso. Decidimos bajar de allí en compañía de unas señoras irlandesas mientras hubiera espacio para moverse. Bajar las escaleras y la pendiente de tierra en contra de la marea humana no fue tarea fácil, sobre todo cuando tuvimos que ayudar a una de las irlandesas que se había agarrado a un árbol, paralizada por el terror, pero hubiera sido más peligroso permanecer en la cumbre cuando la gente empezara a desbordar.
En el camino de vuelta hacia Siem Reap me tomé una Mirinda congelada mientras decidía qué hacer al día siguiente si G no aparecía a tiempo. Si un francés y un alemán habían sobrevivido a la experiencia de mochilero definitiva (the ultimate backpacking experience), ¿qué había de temer yo, que era de Bilbao?
Como esperaba, G no apareció antes de las ocho del jueves, así que me fui directo a la gasolinera de donde salen los pick-ups. No faltó un plasta que me intentó convencer para que cogiera el autobús, pero le dejé claro que de ninguna manera iba a volver a Siem Reap en algo que no fuera un pick-up. Contacté inmediatamente a un chofer que se ofreció a llevarme por el precio que G me había recomendado (3 $), y ya estaba sentado en la parte de atrás de la camioneta con una señora que llevaba un bebé en brazos. Según se llenaba el vehículo, empecé a tener dudas sobre lo que estaba haciendo allí, rodeado de esa gente que me señalaba y se reía como si estuviera loco por haberme subido a ese aparato pudiendo viajar confortablemente en el autobús. Ahora que lo pienso, puede que fuera la camiseta de Batman lo que les hacía tanta gracia. Yo les sonreía e intentaba no pensar en lo dicho por I sobre los turistas estúpidos que fingen ser otra cosa de lo que son.
Como el vehículo no estaba lo bastante lleno, nos dimos un rute por la ciudad hasta que recogimos a unas veinticinco almas, sin contar a las de la cabina. Parte del equipaje estaba subido a la vaca, y el resto, incluida mi mochila, se encontraba sepultado debajo de la gente. M e I me hicieron un gran favor al llevarse mi mochila grande, dejándome con lo imprescindible.
Las mujeres y los niños iban amontonados en el centro, mientras que los hombres íbamos sentados en los costados y en la vaca. Me arrepentí de no haberme subido a la vaca cuando pude, porque abajo tenía las piernas aprisionadas contra la cabina, medio culo fuera y sólo una mano para sujetarme. El viejo de mi izquierda había cruzado su brazo frente a mi cara para sujetarse a la vaca, así que me tenía que echar hacia atrás como si hiciera windsurf sobre la carretera. Aguantando horas de sol, polvo, baches, charcos y bandazos en esta postura tan natural, ya no pensaba en el autobús o en I, ya no pensaba en nada. Aquello era como hacer rafting en un bote de gansos.
Finalmente, terminamos haciendo un alto junto a una charca de aguas turbias donde algunos aprovecharon para refrescarse mientras el chofer recaudaba el dinero del pasaje. Al reincorporarnos a la carretera, nos detuvimos en un atasco y un grupo de pasajeros me informó de que los que íbamos a Poipet debíamos cambiarnos al pick-up contiguo. Me despedí del viejo con el que había mantenido un largo diálogo de besugos desde que dejamos Siem Reap y seguí al grupo hasta otro coche que, gracias a dios, estaba bastante más vacío. Detenidos en el atasco, pregunté a un guiri que había salido de un autobús a estirar las piernas a ver si sabía qué pasaba. Al parecer, a un camión se le había atascado una rueda en el puente. La cosa tardó una media hora en despejarse, momento en el que descubrimos que el motor del pick-up no tiraba. Bajamos a tierra y empujamos un rato hasta que se puso en marcha. El motor no volvió a dejarnos tirados, pero hacía “ayayayayay…” cada vez que acelerábamos. En un control, el chofer le largó un fajo de billetes a un policía sin detenerse, y en otro control, otro policía (ametralladora en ristre) hizo amago de detenernos hasta que reconoció al conductor y nos dejó pasar con una reverencia.
Llegamos a Poipet alrededor de las dos y media, pagué dos dólares al señor chofer, y me subí en un mototaxi que me llevó hasta la frontera.
Cubierto de polvo rojo de pies a cabeza, y sin haberme afeitado en una semana, era, sin lugar a dudas, el individuo más andrajoso de la cola de la aduana, pero no tuve problemas para pasar. Menos suerte hubo con el autobús a Bangkok, un “por pueblos” con goteras, que tardó seis horas en hacer el mismo trayecto que nos llevó cuatro a la ida. El tráfico estaba congestionado porque al día siguiente se celebraba una festividad llamada Royal Ploughing Ceremony en Bangkok, y también tuve que pelear por el taxi a Kaoshan.
Me alojé en el Sawasdee, me di una buena ducha, y llegué a tiempo a mi cita con los demás, a las diez y media en el Gulliver’s, un bar algo espantoso pero muy popular. No me importó que mis compañeros llegaran media hora tarde. Estaba muy a gusto tomándome mi cerveza Singha, servida en una jarra llena hasta la mitad de agua congelada. Al llegar, M e I me explicaron que habían vuelto a visitar un par de templos y se habían pasado la tarde tomando cócteles de frutas en la piscina de un hotel de estilo colonial francés. Sonreí con superioridad sintiéndome como Kurtz en El corazón de las tinieblas.
G también llegó de una pieza tras la aventura del pick up, pero, bien porque estaba cansado, o porque no le apetecía, no acudió a la cita y se quedó en casa de su novia.
Al salir del Gulliver’s nos fuimos a una estación de servicio habilitada como bar, tomamos una copas, y nos preguntamos qué clase de alucinógeno nos habían puesto en ellas al ver pasar un elefante por la acera.
Al día siguiente, yo e I fuimos despertados a las cinco de la madrugada tal y como habíamos pedido, y nos fuimos directos al aeropuerto, pero en la ventanilla de facturación nos informaron de que el vuelo se retrasaría unas siete horas. Allí estaba también el alemán con pinta de borracho del viaje de ida. Él e I se indignaron tanto y protestaron con tal vehemencia que pasé un poco de vergüenza y terminé compadeciendo a las azafatas, que no tardaron en informarnos de que había un autobús en camino para llevarnos a un hotel. En el bus, I, que no había parado de protestar ni un segundo y ya se había hecho amiga del alemán (que en realidad era un sueco y estaba más sobrio de lo que aparentaba), tuvo una ocurrencia genial. “¡Eso es!” exclamó, y me dedicó una sonrisa demente que me heló la sangre. Si esto fuera un cómic, la dibujaría con símbolos del dólar en los ojos. Según ella, el que sólo hubiéramos visto a unas diez personas que se quedaron sin coger el avión sólo podía significar una cosa: estábamos ante un caso de overbooking y, por lo tanto, estábamos en nuestro derecho de exigir que se nos reembolsara el dinero del pasaje. Lo que debíamos hacer al volver al aeropuerto era organizar un escándalo y hacer que los de Bangkok Airlines admitieran haber vendido más plazas de las que tenían. Con el sueco como su principal aliado, fue contagiando la fiebre del oro a todo el autobús, hasta el punto de que yo mismo, que no quería saber nada del asunto al principio, empecé a pensar que la cosa podía no ser tan descabellada como parecía. Desconocía la existencia de una ley internacional que obligara a devolver el dinero del pasaje en caso de overbooking, pero la perspectiva era muy tentadora.
Con overbooking o sin el, lo cierto es que los de Aerolíneas Bangkok se portaron al alojarnos en el Miracle Grand, un hotel de superlujo que puso la guinda a mi estancia en Tailandia. En el buffet-desayuno comí pankakes con piña y sirope, huevos fritos con bacon, pasteles y macedonia de frutas, acompañado de café y zumo natural de naranja con pomelo. Decidí dejar el Sushi, la tortilla de pimientos y las tostadas para más adelante, con la esperanza de que el avión se retrasara otro par de días, y subí a mi suite, que era como la de Deng Xiaoping en su última visita a Shenzhen: dos camas, mesa de despacho, mesa de te, sillones con reposapiés, tele en la bañera y toda la pesca. Me di un baño de espuma, me afeité, me eché en la cama y soñé con cosas bonitas.
Cuando volvimos al aeropuerto había decidido quedarme cautelosamente en segundo plano, puesto que estaba claro que I y el sueco no me necesitaban para armar la marimorena. Bien pensado, porque no había overbooking. No habíamos visto al resto de la gente del avión porque el resto de los pasajeros formaban parte de un grupo de chinos procedentes de Singapur, incapaces de pisar suelo tailandés al carecer de una visa que no se nos exige a los visitantes occidentales.
Nos quedamos sin overbooking, pero estaba fresco y descansado, además de contento de volver a casa, digo a Shenzhen.

Sunday, May 07, 2006

Un viaje alucinante 1

Ya estoy de vuelta de mi pequeño periplo por el sudeste asiático, preparado para daros cuenta de mis peripecias. Como creo que hay bastante que contar, narraré el viaje en dos entregas en las que haré lo posible por describir adecuadamente algunas de las experiencias más extrañas, inquietantes, y fascinantes que haya vivido jamás.
El viaje fue idea de mi amigo G, arquitecto paisajista de treintaypocos que vivió un año en Bangkok gracias a una beca universitaria. Creo que tenía intención de ir a Tailandia de todas formas porque tiene una novia thai que vive allí, pero convenció a nuestro amigo común M, comerciante de artículos electrónicos de veintimuchos para que le acompañara, porque le pareció que le convenía pasar unos días fuera de china. Después me invitó a que fuera con ellos, y M hizo lo propio con una amiga suya, I, mujer de mediana edad que llegó a China hace diez años como profesora de francés y ha terminado trabajando en una empresa de logística. Todos franceses menos yo.
La intención era ir y volver todos juntos, pero cuando I y yo intentamos conseguir un vuelo no encontramos nada para las mismas fechas, de modo que tuvimos que adelantar dos días la ida y la vuelta.
I y yo partimos de Shenzhen en la mañana del viernes día 28 de abril en un avión de Aerolíneas Bangkok decorado con palmeras, peces, y otros coloridos motivos tropicales. Por lo que he podido comprobar, en Tailandia es costumbre adornar los medios de transporte como coches de barraca.
Durante el trayecto fue inevitable fijarse en un pasajero de unos 50, con pinta de ser alemán y de haberse bebido unas cuantas botellas de más, que hablaba a voces con todo el mundo y hacía grandes aspavientos ante cualquier incomodidad, como pasar por el detector de metales, o presentar el pasaporte en pasaporte en la ventanilla de facturación. El personaje no tiene mayor importancia por el momento, pero volveremos a encontrárnoslo más tarde.
Llegamos a Bangkok a media tarde y nos fuimos directos a Kaoshan Road, una calle (o un par de ellas, no me quedó claro) célebre por estar repleta de albergues, tenderetes, bares, discotecas, y restaurantes frecuentados por los guiris. A pesar de que no veníamos precisamente del lugar más exótico de china, se nos hizo muy extraño encontrarnos en una calle donde los occidentales eran mayoría. En uno de los muchos callejones perpendiculares que desembocan en Kaoshan, encontramos alojamiento en un albergue llamado Sawasdee (luego comprobaría que pertenece a una cadena) que a I le pareció lo suficientemente confortable, y que a mí me pareció lo suficientemente barato. Dejamos las mochilas y salimos a explorar la ciudad.
Como era algo tarde para visitar monumentos, decidimos hacer un tour por los canales de Bangkok en una embarcación con forma de góndola, pero que era más bien una lancha de carreras. Apenas se podía hablar con el estruendo del motor, y la velocidad era tal que el respaldo del banco de madera se te clavaba en los riñones con cada arrancada y había que agarrarse bien para dar las curvas. Molestias aparte, el paseo acuático mereció la pena. El anochecer es la hora propicia para el recorrido porque los templos están iluminados, al igual que los interiores de las casuchas de madera que descansan sobre el agua, auténticos cajones de sastre que más que viviendas parecen trasteros. Los niños bañándose en los diques y los pescadores remando con una pala en diminutos txintxorros completaban un paisaje cuya serenidad sólo era rota por la máquina de marear turistas en la que íbamos montados.
En el restaurante que visitamos más tarde, mi compañera de viaje cayó en una adicción compulsiva a la sopa de gambas tailandesa, tom yun goong, una especialidad gastronómica del país que degustó tres, e incluso cuatro, veces al día en lo que estuvimos en Tailandia. La receta es fácil de encontrar en internet, pero por lo que tengo entendido la poción mágica lleva gambas, cabezas y caparazones de las mismas, limón, jengibre, chile, cilantro, setas, y otras especias y yerbas aromáticas. No es que me disgustara, pero la encontré demasiado intensa para tomarla a diario como desayuno, almuerzo, merienda y cena. Algo que le tuve que dejar claro a la francesa, muy dada a la costumbre china de compartir los platos.
De camino al Sawasdee, entramos en un pequeño bar donde una banda liderada por una blueswoman tailandesa, tatuada y bien entrada en carnes, nos dedicó un recital animadísimo. Como profano en la materia, sólo puedo decir que a la mujer no le faltaba actitud (creo que no la vi ni un segundo sin un cigarro en la mano, ni hacer una pausa sin tragarse un lingotazo de whisky).
A la mañana siguiente nos pusimos en marcha hacia Ayutthaya, la ciudad que fue capital de Tailandia hasta que fue arrasada por los birmanos a finales del siglo XVIII.
Tengo que admitir que puede que se nos hubiera hecho muy difícil llegar hasta la terminal de autobuses de Mho Chit de no ser por la ayuda de un mochilero ruso que nos acompañó en los dos autobuses y el “aerorrail” que es necesario tomar para llegar a la misma si uno desea ahorrarse el taxi. A pesar de mi gratitud, no me acabo de creer que aquel tipo, apenas mayor que yo en apariencia, fuera un ex-escalador del ejército ruso veterano de Irak, Chechenia, Afganistán y algún otro país acabado en “istán”, pero I quedó tan encandilada que se pasó el resto de los días cantando excelencias de los eslavos.
En Mho Chit nos despedimos de nuestro colega ruso que iba camino de Camboya (a ofrecer sus servicios como soldado de fortuna, supongo), y cogimos el bus a Ayutthaya, donde nos alojaríamos, hora y pico más tarde, en el Sherwood Guesthouse, un albergue que le había sido recomendado a I por otro de sus amigos rusos, y que contaba con una pequeña piscina. Allí alquilamos unas bicis y nos fuimos de ruta por los templos.
Nos limitamos a visitar cinco templos o “wats” dentro de la isla que constituye el centro de la ciudad. Estos wats son espectaculares conjuntos de ruinas de ladrillo rojo y yeso ennegrecido, que datan de entre los siglos XIII y XV, cercados por murallas y caracterizados por unas estructuras piramidales llamadas “prang” y otras con forma de campana llamadas “chedis”. Dispuestos simétricamente alrededor de éstos, hay salas, patios, y esculturas de buda, decapitadas en su mayoría por saqueadores sin escrúpulos.
El visitante se mueve a sus anchas porque los turistas andan muy desperdigados y apenas se ven guardas, pero da reparo ver los grandes relieves de los hombres pájaro (garudas) sujetando serpientes (nagas), o los bajorrelieves con multitud de grecas y motivos decorativos, tan al alcance de cualquier cafre que quiera llevarse un trozo de piedra. La única vez que un guarda se dirigió a nosotros fue al sacarnos una foto ante una cabeza de buda esculpida en las raíces de un árbol, porque debíamos rezar una oración y ponernos de cuclillas para no sobrepasar su altura.
Después de cenar en la terraza e un chiringuito muy agradable que descubrí junto a un estanque al seguir en bici a un lugareño, volvimos al Sherwood para darnos un baño nocturno en la piscina.
El domingo por la mañana, volvimos a Bangkok y visitamos el mercado que se abre los fines de semana junto a la terminal de Mho Chit. Un mercado tan inmenso y variado que hace que el rastro de Madrid parezca los gitanos de Lekeitio. Intentamos no entretenernos demasiado porque andábamos con las mochilas a cuestas, pero fue inevitable dejarnos enredar una buena hora, hora y media, inspeccionando los tenderetes y regateando de vez en cuando (sobre todo I, que es capaz de tirarse media hora discutiendo con el vendedor para luego no comprar nada).
Tras dejar las cosas en el Sawasdee visitamos el Grand Palace, o Palacio Real, y el templo contiguo, el Wat Pho, donde las mismas estructuras arquitectónicas vistas en Ayutthaya lucen en todo su esplendor. Esta vez toda piedra que no sea mármol permanece oculta bajo el yeso impoluto, los muros a resguardo de la lluvia están pintados con frescos que reproducen episodios del Ramayana, los chedis son dorados, y los prang están cubiertos de pequeños azulejos y espejos de colores. Sin embargo, entiendo perfectamente que muchos prefieran la sobriedad de las ruinas de Ayutthaya.
En el Wat Pho visitamos la colosal estatua dorada del buda yaciente, cuya planta del pié mide unos dos metros de ancho, mientras hacíamos tiempo para que nos llegará el turno de entrar en la escuela de masaje tailandés del templo.
El interior de la casa de masajes recordaba un poco al típico hospital de guerra de película antigua, con ventiladores en el techo y las camas dispuestas en paralelo al pasillo central. Me hicieron despojarme de mi camiseta y ponerme unos pantalones pirata de color azul tamaño Fatty Arbuckle, que la masajista me ató con un nudo por encima del ombligo cuando salí del vestuario sujetándomelos con las manos.
Nunca había recibido un masaje profesional, pero había oído eso de que para que el masaje sea bueno tiene que doler. Si eso es así, creo que recibí uno de primera categoría. Además de sus fuertes manos, la mujer hacía uso de las rodillas y los codos para presionar, separar, estirar y retorcer mis músculos. La sensación de que una persona te mueva de un lado a otro y manipule tus extremidades como si fueras un muñeco de trapo, tirando, incluso, de los dedos de los pies hasta que hacen crack, o presionando los oídos con los dedos índices, es muy extraña y no del todo desagradable, pero hubo momentos en los que me costó permanecer relajado. “¿Duele?”, me preguntó. “En absoluto”, respondí tan convincente como pude.
Salimos del masaje meneando la cabeza para comprobar si seguía bien sujeta a los hombros, y fuimos andando hacia Kaoshan rechazando las ofertas de los conductores de tuk-tuk (unos motocarros que funcionan como taxis). Creo que tuve una epifanía al atravesar una amplia plaza donde una multitud de niños y adultos hacían volar sus cometas al atardecer. Las había de todas formas y colores, pero el diseño favorito era el emblema de Batman.
Cerca ya de Kaoshan, I me arrastró a una peluquería. Me había estado todo el fin de semana intentando persuadir para que me cortara el pelo con el poderoso argumento de que tal y como lo tenía (largo, pero no lo suficiente para ser guay) me hacía parecer una señora mayor. Yo me resistía a traicionar a mi barbero de Fernández del Campo, pero con el sudor el pelo empezaba a ser una molestia, y terminé dejándome llevar a la “pelu” para que me esquilaran y a la señora le hicieran la manicura y un masaje capilar.
Como teníamos que ponernos en contacto con los otros compañeros de viaje, recién llegados según nuestros cálculos, llamamos a la novia de G desde el móvil de uno de los peluqueros, afeminado hasta la caricatura, y quedamos en el restaurante en el que estaban cenando.
El peluquero salió corriendo dando saltitos bajo la lluvia para parar un tuk-tuk y darle las indicaciones al conductor. Esto es sólo una muestra de lo buenos que fueron los tailandeses con nosotros. La pegatina de “we love farang” (queremos a los extranjeros) que muestran algunos comercios no es ninguna broma. Un proceder que no siempre es correspondido, a juzgar por un letrero que vi en la puerta de un albergue prohibiendo la entrada a los tailandeses.
Al llegar al punto de encuentro, no vimos a nuestros amigos por ninguna parte, de modo que decidí llamar a la novia de G desde una cabina. Para mi sorpresa, I empezó a hacerse la sueca y a cambiar de tema cuando le pedí el número de teléfono. Insistí hasta que me lo enseñó, pero la cabina no funcionaba y tuve que buscar otra. I se quedaba atrás quejándose de que tenía hambre y haciendo comentarios como cuánto de gustaba tal o cual edificio. La situación se puso muy tensa y algo cómica cuando I dijo que debíamos buscarnos un restaurante porque las cabinas (todas ellas) no funcionaban. No entendía nada, pero estaba claro que I no quería ver a G ni en pintura. Yo respondí, bastante airado, que no sabía ni quería saber cual era su problema con G, pero que hiciera el favor de dejarme encontrar a mi amigo en lugar de intentar distraerme. Finalmente di con una cabina en perfecto estado y pude llamar a G, que salió del restaurante a nuestro encuentro.
Cenamos todos juntos y fuimos a dar un paseo por un pequeño parque junto al río. G e I hablaron un rato al margen del resto hasta que parecieron haber resuelto sus diferencias. Después nos fuimos de copas por la ciudad con un lugareño amigo de G, pero no hasta muy tarde, porque al día siguiente teníamos que ir a Camboya.